En “El otro cielo” (último cuento del libro “Todos los fuegos el fuego”) Julio Cortázar nos cuenta, con la mayor naturalidad del mundo, cómo su personaje (amante de los cielos de estuco) visita París a diario ingresando por un hueco no demasiado preciso de la Galería Güemes (“…en todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje Güemes, territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado…).
Al leer esas páginas no podemos evitar una profunda envidia, y nos embarga el deseo absurdo de que eso sea posible, de que efectivamente podamos llegar, en unos pocos pasos, desde la galería Güemes a la galería Vivienne de París con sólo encontrar el hueco apropiado, la puerta escondida, o vaya a saber qué.
Confieso que desde entonces, en más de una oportunidad, caminando bajo el cielo de estuco que une Florida con 25 de Mayo, sentí el impulso de bajar al subsuelo, embargado por la certeza absurda de que allí estaría el pasadizo, la puerta, o vaya a saber qué.
La cobardía, la cordura, o acaso la mirada inquisidora del encargado de seguridad que, lo sé, en más de una oportunidad me había observado con desconfianza, terminó por fraguar, una y otra vez, la concreción de ese vano deseo.
Desde entonces, no he podido dejar de pensar que acontecimientos así sean posibles. Tal vez existan hombres que conozcan el secreto, que sepan cómo hacerlo. Lamento confesarles que no soy uno de esos hombres. Sin embargo, aunque les parezca absurdo, quiero decirles que la semana que viene caminaré por la Luna. Sí. Así como se los digo. Ni París, ni Roma. La Luna. De alguna manera extraña me fue revelado el hecho. Y aunque ya puedo imaginar la mueca desconfiada de muchos de ustedes, todo lo que podría decirles es que hoy por la mañana, al despertarme, lo supe.
Supe que caminaría por la Luna y, también, que esa caminata sería la última.
Me crean o no, el hecho es que en pocos días tendré que recorrer unos 1200 kilómetros desde mi casa en Buenos Aires. También me fueron revelados algunos pormenores: será necesario llegar de noche, sin linternas ni nada que eche luz de forma artificial y, no menos importante: el portal de entrada se encontrará justo después de la primera hilera de piedras circulares.
Entonces, la alquimia se producirá por unas dos horas. Caminaré por la Luna. Sólo yo lo sabré, porque sólo a mí me habrá sido revelado. Y seré el hombre más feliz del mundo.
Julián
miércoles, 12 de marzo de 2008
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5 comentarios:
Yo creo que quizás Loon puede ser un verdadero peligro con luna llena en el valle de la luna. no? es como too much. lo imagino dándose vuelta con los ojos blancos...
kco
¿Hay colada?
Gato
Sí, claro. Pero no se lo digan a nadie, eh??
Alguien dijo colada????
Mr. Burzum.-
che, la puta madre, loon está escribiendo como anónimo, no?
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